En medio del renovado interés público por el caso Jeffrey Epstein, la familia real británica volvió al centro de la conversación internacional. Esta semana, el príncipe Eduardo, duque de Edimburgo, se convirtió en el primer miembro activo de la realeza en pronunciarse públicamente luego de las recientes revelaciones relacionadas con el financiero estadounidense acusado de tráfico sexual.
Aunque evitó mencionar de forma directa a su hermano, el príncipe Andrés, cuyo nombre ha estado ligado al caso durante años, Eduardo optó por un posicionamiento claro en otro sentido: el foco, subrayó, debe mantenerse en las víctimas.

Durante su intervención, el duque de Edimburgo destacó la importancia de no perder de vista el impacto humano detrás del escándalo, recordando que más allá de los nombres, los cargos o las instituciones involucradas, existen personas cuyas vidas fueron profundamente afectadas. Su mensaje, breve pero contundente, fue interpretado por analistas y medios británicos como un intento de marcar distancia sin reabrir una crisis interna dentro de la monarquía.
La declaración adquiere especial relevancia en un contexto donde la Casa Real ha mantenido una postura de extremo silencio frente al tema, particularmente desde que el príncipe Andrés se retiró de la vida pública y perdió sus títulos militares y patronazgos oficiales. Hasta ahora, ningún miembro de alto perfil había abordado el caso de manera pública, ni siquiera de forma indirecta.

Para observadores de la monarquía, las palabras de Eduardo reflejan un cambio sutil en la estrategia comunicativa: no se trata de defender ni de acusar, sino de reconocer el daño y desplazar la conversación hacia la responsabilidad moral. En tiempos donde la opinión pública exige mayor transparencia y sensibilidad institucional, este tipo de mensajes adquieren un peso simbólico considerable.
Mientras el caso Epstein continúa generando repercusiones a nivel internacional, la intervención del duque de Edimburgo marca un precedente. No resuelve las preguntas pendientes ni cierra el capítulo para la monarquía, pero sí introduce un nuevo tono: uno que reconoce a las víctimas como el centro de la historia, algo que, hasta ahora, había estado ausente en el discurso oficial.





.jpg)
.jpg)