Durante la tristeza hay muchas cosas que no tienen sentido: ideas de tu cabeza, emociones que se contradicen, el piso que lleva semanas sin barrerse pero no molesta la suciedad, la planta muerta que sigue en tu escritorio, las ganas de querer desvincularse de todo pero aún querer aferrarse al sentido humano.
A veces, en medio de esa misma tristeza, otras cosas empiezan a cobrar un sentido distinto: los colores tan opacos en una escena de alguna pintura, como si alguien hubiera pintado con los matices de tu estado emocional; el rostro deformado por el llanto de alguna escultura, que convierte la desesperación de una pérdida en algo que permanece; el poema que habla sobre algún dolor entre páginas y páginas, y tú entiendes por qué no basta con una sola.
En ocasiones, la canción que te parecía tan melancólica para escucharla en ese día tan soleado te abraza. En la tristeza, puedes sentir cómo tu alma visita las pinceladas de la sangre que sale de un corazón herido pintado en un lienzo, y las hace suyas por un instante, hasta perderse también en la penumbra de unos ojos perdidos en un cuadro de hace quinientos años.
De alguna forma, el arte que aborda la tristeza se percibe distinto cuando lo ves o escuchas con el corazón hundido.
No, no necesitas estar triste para entender el arte que habla del dolor, la pena o la tristeza, eso es cierto, pero la conoces desde otra perspectiva: te sostiene el cuerpo por un instante, te recuerda que no es un sentimiento que aísla, sino uno que también conecta con otros, conecta con lo humano.
Ya no solo ves el cuadro, también puedes albergar sus emociones, sentir por unos instantes el latido doliente del artista dentro del tuyo. Y en ese cruce, la soledad que muchas veces acompaña a la tristeza puede disolverse, aunque sea por un segundo.
El arte no cura la tristeza como muchas veces se dice. No la resuelve ni la corrige. Pero a veces acompaña de una forma menos solitaria. No porque te saque de ella, sino porque te muestra que no es algo que habita solo en ti.




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